Tus Ojos Tristes

¿Atacaría con sus mil artimañas el Fantasma del Backstage?

En esta ocasión permanecía en total reposo, porque me encontraba de vacaciones por Guatemala que me llevaron a Tapachula, Chiapas. A propósito de la visita de mis padres decidí ir a la feria regional, y para mi sorpresa en el abarrotado recinto se presentaba el Divo de Juárez, Juan Gabriel. Tan lejos y tan cerca.

Llegamos con el ánimo que la ocasión ameritaba, la algarabía se sentía en el ambiente, el retumbar de los petardos, los colores y el olor de la comida flotaba en el aire. Entre el barullo y asombro de las peleas de gallos y exhibiciones ganaderas, mi madre me comentó que estaba muy emocionada de asistir a una actuación de Juan Gabriel, ya que forma parte de su top de artistas preferidos. Sus palabras encendieron el gatillo – ¿te gustaría conocerlo? Ella me sonrió tan asombrada e incrédula: eso sería maravilloso, con solo verlo cantar es un sueño cumplido.

El cosquilleo me había invadido nuevamente, me puse en pie como si en lugar de rodillas tuviese un par de resortes, y caminé para recorrer el palenque. No tardé mucho en divisar a unos mariachis, mi instinto me dijo que ése era el camerino. Caminé directo a ellos, al lado del grupo de mariachis estaba un fuerte dispositivo de seguridad, me acerqué titubeante, era muy difícil ganar, pero no tenía nada que perder y decidí arriesgarme.

Pregunté a cuanto mariachi y guardia de seguridad estaba a mi alcance, sobre la posibilidad de ver a Juan Gabriel; abogaba al hecho de que mi madre venía desde España para verlo, y que le haría muy feliz conocerle. Antes del no rotundo como respuesta, obtenía una mirada de desaprobación, la pregunta era tan tonta como pedir un préstamo a un desconocido. ¿A quién le importaba si veníamos de lejos? ¿Cuántos miles de fans hacían lo mismo? Pero yo no era uno de esos miles, y la persistencia me llevó a una larga hora de averiguaciones constantes.

Entre pregunta y súplica se abrieron las puertas del cielo, salió un chico que se identificó como Carlos, su acento era inconfundible, era de la misma ciudad en que yo nací en España; él reconoció también mi manera de hablar, se me acercó y me preguntó –¿qué haces aquí? Le conté la historia de cómo había llevado a mis padres al palenque, y de la ilusión que le haría a mi madre conocer a Juan Gabriel. Carlos me miraba asombrado, porque lo que yo estaba pidiendo no tenía sentido, pero nada se perdía con intentar.

Le comenté que quería obsequiarle mi libro al artista, y que mi madre y yo deseábamos conocerlo. Para mi sorpresa y buena suerte, que es mi sombra como Fantasma del Backstage, un señor mayor que se unió a la charla, resultó ser el Manager de Juan Gabriel, se identificó como Jesús Salas, quien se perdió en el largo pasillo por donde había llegado.

Mi corazón saltó y volteé para gritarle a mi madre que me acompañara, ella se acercó tan rápido como pudo atravesando el palenque, le hice señas de una esquina a otra y ella caminó hacia mí sin saber de qué se trataba. Esperamos poco más de quince minutos, que parecieron una eternidad, creí que el manager nunca saldría y que yo habría interpretado mal su mirada. Cuando casi había perdido la esperanza miré al señor salir por el pasillo, mientras me invitaba a pasar con un gesto de mano. Pasamos el cerco de seguridad y esa gran muralla parecía derrumbarse ante nosotros, mi madre sólo me seguía sin saber a dónde se dirigía.

El manager nos guió por el pasillo, y en menos de un minuto estábamos en el camerino, en el corazón de la intimidad del Divo de Juárez. Juan Gabriel reposaba en un sillón abanicándose por el fuerte calor, tenía las uñas largas y verlo de momento me causó sorpresa, yo no supe cómo reaccionar, miré a mi madre quien tenía la boca abierta, mientras él nos miraba expresivamente.

Juan Gabriel se puso de pie para recibirnos, y nos abrazó como se saludan los viejos amigos que no se ven desde hace mucho tiempo. No podía creer que estuviera estrechando al ídolo de millones de personas. Extendí mi mano para entregarle un libro de mi autoría que llevaba como regalo para él, y con voz temblorosa le dije – Este es un regalo para usted, Maestro  Me miró a los ojos y me preguntó –¿De qué es tu libro?  al tiempo que leía mi nombre en la tapa.

 Habla de algunas anécdotas personales, en especial de cuando viví en Palestina y todo lo que sucede en esa zona  

 ¿Tú crees que Jesucristo vivió allí de verdad? me respondió  

 No sé qué decirle, pero es triste que en el lugar donde están las religiones más poderosas del mundo se desarrolle una de las guerras más violentas por la misma fe  

Me miraba y reparaba una y otra vez en el libro, y me preguntó si debía leer en especial alguna parte.

 ¿De dónde eres?  

 De Vigo  

 Mi tecladista Carlos también es de Vigo. Estoy rodeado de Vigo  dijo suspirando por el bochornoso clima.

El maestro tenía una energía especial, no habló de música, tampoco de él, y siempre miraba a los ojos, nos hacía sentir tan cercanos. Dentro de esa mirada profunda había cicatrices, pero con una humildad y bondad infinitas. Conocer al hombre era más sorprendente que todo lo que se podía contar de él. Ahora entendía de donde venía toda esa inspiración y esa magia que realmente transmitía, al momento de cantar, de hablar y de vivir.

Mi madre le dijo que siempre lo había admirado y yo agregué  Gracias maestro, esto significa mucho para ella  

Juan Gabriel correspondió: yo amo a todas las madres del mundo, en mis conciertos siempre les dedico “Amor eterno”, allí en Acapulco se fue mi madre, pero le cumplí todos sus sueños.
Palabras de un hombre que erizaba la piel, satisfecho, aunque triste al recordarla, y abrazó a mi madre como si reviviera algo de su pasado.

Había gente en el camerino ofreciéndonos algo de tomar, pero ni siquiera pude mirarlos, cada segundo con Juan Gabriel era invaluable.  De la melancolía, pasó a la euforia y dijo – Yo vivo en Santa Fe, ojalá puedan visitarme algún día, y no dudes que leeré tu libro  

Agradecí con una sonrisa y le pedí una foto, lo que estará en esa foto será el recuerdo de aquella noche inolvidable. El maestro accedió y posó con mi libro al tiempo que lo abrazaba, lo mismo hizo mi madre. Seguimos charlando y le puntualicé – Maestro, agradezco el tiempo que nos ha brindado, pero usted tiene que salir a actuar y nosotros llevamos quince minutos aquí, espero no ser imprudente  

Con una sonrisa me aseguró: tranquilo, esta noche soy muy feliz. Llegó aquél que le coloca la ropa y el maquillaje, y supe que era momento de abandonar el lugar. Con un fuerte abrazo le dije adiós al maestro augurándole un espectáculo exitoso como los que él sabía dar. Se despidió con esa mirada profunda y cuando dejamos de verlo ya estábamos en el mundo real. Habíamos salido de ese largo pasillo y el abarrotado lugar nos hacía reparar en lo privilegiados que habíamos sido. Caminamos entre la multitud hasta nuestro asiento, los dos estábamos hipnotizados, nuestra alma seguía en el camerino del hombre de mirada profunda y con cicatrices.

Juan Gabriel salió al escenario con el “Noa Noa”, la gente gritaba, bailaba, y se entristecía cuando llegaban aquellas canciones que estaban hechas de sentimiento puro. No sé si fue suposición mía o realmente nos buscaba con la mirada, cuando cantó “Amor eterno”, pero al terminar ese tema dijo –hay cosas que nos acompañan siempre y nunca nos dejan.

La emoción en mi madre era tan grande que con ojos cristalinos y desde las gradas no le quitaba la vista de encima. Confieso que a mí también casi me vence el sentimiento. Era un ángel, un ser privilegiado, para mí no era el Divo de Juárez, era el alma de México y del mundo.

Esta experiencia fue publicada por primera vez en la revista ESCENARIOS
http://www.revistaescenarios.mx/el-divo-de-juarez-el-alma-de-mexico/

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