Alma de Cristal

El alma de un joven es frágil como un cristal, hay hechos que la pueden destruir y cambiar para siempre, solo es una pequeña pared y cuando se derrumba ya nada vuelve a ser igual.

De pronto sentí que avanzaba sin caminar, estaba en esa escuela secundaria, donde los delincuentes, marginados y recluidos ocupaban las aulas, yo con un fracaso a cuestas de la primera expulsión en mi anterior colegio no podía buscar una segunda, pero me di cuenta que lo valía, cuando descubrí que mis garantías eran tan frágiles como el cristal que me separaba del mundo, esa mañana supe que una segunda expulsión valdría la pena.
Yo no tenía que planear nada, todo se daría de una manera natural, así como la misma muerte, alguien me iba a entregar como entregaron a Jesús, y no tardarían en hacerlo, los que vendrían iban a ser unos días complicados, cargados de agonía, pero como toda enfermedad terminal termina con el descanso.
La muerte de Annie me llevó a reflexionar, como cualquier evento de esta naturaleza lo hace, en la brevedad de la existencia, en cómo había dejado pasar el tiempo, como un río que contemplaba sin permitirme cruzar, ya no digamos llevarme en su corriente; varios nombres azuzaron mi mente Wally, Calderon, Miranda, Gaby y Annie. No todo había sido amargo, aun cuando los años de ese ritmo de tristezas, fracasos, disgustos y mal sabores empezaban a cobrarme la factura.
Pero al seguir en este mundo era hora de apretar el paso, y así lo hice al saldar mi deuda de dos asignaturas para finiquitar mi educación secundaria; y así fue como entré directamente al bachillerato, pero no hubo diferencia; me había empecinado en volver a la educación regular, ya no quería seguir en esa escuela abierta, donde tres años se cursaban en meses, pero en mi casa rechazaron mi petición y decidieron dejarme en aquel lugar, no tuve más opción que seguir allí, sin esperanza de que aquello pudiera mejorar.
El primer de día de mi educación preparatoria, que no parecía más que la continuación de la misma monserga, comenzó con una clase muy particular, impartida por una profesora que podría ser cualquiera. Delgada figura que calculé rondara los 45 años y me llamó la atención que no paraba de hablar sobre el poder la honestidad y la honradez.
Su cátedra de civismo se prolongó casi por todo el tiempo que debería abarcar su clase. Parecía una persona correcta, cabal que no sabía dónde se acababa de meter, casi todos los profesores abandonaban la tarea de ilustrarnos a los tres meses de estar ahí. Luego de terminar su perorata sonrió, quizá sabiendo que la tabarra habría sido suficiente. Nos habló luego del día de las madres que se acercaba y ella nos mostró un catálogo de perfumes y fragancias. Un rayo partió mi cabeza, le regalaría algo que por primera vez en mucho tiempo a mi madre. Recordé con amargura cómo dos años atrás le había regalado un pato al que le había puesto su nombre y ella me mandó a la calle con todo y pato. Pero un perfume era una idea genial.
La profesora nos habló de la importancia de nuestras madres en la vida, y en cierto modo nos hipnotizó con aquel catálogo de perfumes que pareció no importarle a nadie, excepto a mí; el aula quedó vacía – ¡Profesora! yo quiero uno –
Lo elegí y acordé llevar el dinero al día siguiente. No debía ser caro, pues en aquel tiempo pocas monedas pasaban por mis manos, sería realmente un sacrificio. Entonces pensé en hablar con mi hermano y juntando nuestros capitales seguro compraríamos algo mejor; rompimos la hucha, el cerdito de las monedas y las contamos, en mi cabeza ya estaba clara la idea del perfume.
Al día siguiente llegué temprano por la mañana con la profesora y con toda seguridad decidí un mejor perfume, la profesora arqueó las cejas y dijo – Muy buena elección, te lo traigo mañana – Al momento de recibirme el dinero.
Se acercaba el día de las madres y la profesora no había cumplido su promesa, ella solo sabía habar de honestidad, pero algo andaba mal, pude sentirlo, pasaban los días y llegó la fecha tan esperada con ilusión que se convirtió en un calvario. Luego de varios días la profesora se esfumó, se fue con el dinero mío y de mi hermano; no podía creerlo, creo que yo había sido el único estúpido que había caído en la estafa.
No podía solo con el peso del mundo a mis espaldas y le conté a mi hermano – Ya nos jodieron –
Una risilla nerviosa siempre me acompañaba en los peores momentos, y él rompió en llanto exigiéndome de vuelta su dinero; al ver el alboroto llegó mi padre y se enteró de todo, pero lo que él pensó era que yo había estafado a mi hermano y sin tener manera de defenderme me quedé callado, mi reputación no era la mejor, pero aunque nunca hablaba de honestidad jamás le haría algo así a alguien, me sentí defraudado por la profesora y ahora yo cargaba con sus culpas.
Yo era como un maldito amuleto de mala suerte, aunque a decir verdad nunca pensé que una autoridad me defraudaría, y menos alguien que hablaba de honestidad con tanto fervor, pero así pasa, los idiotas nos comemos todo el marrón, pero aquí no acabó la cosa, mi padre le dijo a mi hermano – ¿Y tú como haces tratos con este, que ya lo conoces? –
No sabía si reír o llorar, mi hermano optó por llorar amargamente y en sus lágrimas la ilusión de regalar algo a mi madre que por primera vez valiera la pena se esfumaba para dar paso a mi realidad, a la eterna noción de que nada podía hacer correctamente y esta era sólo una vez más de la miles en las que no hacía nada bien.
Mi hermano era más pequeño, y tal vez las cosas le afectaban más. Mi autoestima llevaba tiempo bajo cero, era como el clima de Rusia, así que poco podía dolerme lo que me decía mi padre, me sentía más mal por el acto que por sus palabras, pero al final el desenlace no fue tan malo. Mi padre compró algo a nombre de los tres, siendo franco ya no recuerdo muy bien lo que sucedió, pero tenía la ilusión de hacer el regalo yo mismo, pasó desapercibida la fecha y mi brillante idea. Encontramos una cajita musical con una bailarina de cristal, tan frágil como el momento, con el tiempo la cajita quedó olvidada y la muñeca transparente me acompañaba en los bolsillos, la tomé como rehén.
Queda comprobado; “A los profetas los reconoceréis por sus actos, no por sus palabras”. ¿Qué más puedo decir?, en esa escuelucha hasta los profesores eran delincuentes, la verdad me había marcado a mi corta edad la facilidad que tenía esa mujer para hablar de honestidad y la facilidad que tenía para engañar a sus alumnos, ¿Qué estaba sembrando?, gente que no creyera en los demás, gente que no creyera en nadie, pero gracias a eso surgió una idea.
La noche había cocinado mis demonios, llegué  a la escuela furioso buscando como el toro a quien atravesar; y mi objetivo estaba muy claro. Atravesé el portal listo, gritando mi furia, buscando a José el mas maldito de los alumnos, tenía ganas de que me diera una paliza para quedarme en casa de baja unos cuantos días, y si tenía suerte me mandaría al hospital.
Pero a mi paso se cruzó Druppy, ese cobarde monumento a la obesidad juvenil, que con ojos desorbitados como el resto de los presentes atestiguaban mi desenfreno por encontrar al engendro aquel al que proclamaban su Jefe.
– ¿Dónde está el maldito José? – Nadie lo podía creer, a decir verdad ni yo tampoco, pensaron que me había vuelto loco. Sin recibir respuesta arremetí contra Druppy a quien pregunté con ironía – ¿Es divertido molestar a la gente? – pensando en mis amigos que tanto daño sufrieron, entre ellos Annie, aquella chica desfigurada por una enfermedad y que era mofa de estos idiotas.
Druppy nervioso quiso desviar la atención, abogando al miedo que podrían acarrearle mis nada sensatas palabras – No sé qué quieres Galleguito – la estúpida respuesta sólo logró encolerizarme más, de mis entrañas provino una llamarada que llegó hasta mi corazón, y bajó por mi brazo, enterrándose en su estómago con vehemencia. El tipo palideció postrándose de rodillas ante mí.
Al otro lado del edificio, ajeno al alboroto estaba José cuando Román llegó a él ahogándose en el cotilleo barato y la desesperación – ¡El Gallego está como poseído y te está buscando! – José rió por debajo de la nariz – Pues ya me encontró –
No le tomó más de 250 pasos llegar hasta mí. Me sonreía como el jefe de la mafia a un novato luego de aprobar la prueba de iniciación, pero aquel desgraciado no se compara con esos criminales, aun cuando se pudiera hablar de su crueldad, porque la mafia conoce el honor.
Podría jurar que aplaudiría, pero en su lugar José dejó caer una frase, más bien, una pregunta – Por cierto ¿Dónde dejaste a Freddy Krueguer? – refiriéndose a la recién fallecida Annie, pero supongo que en la escuela nadie sabía que estaba muerta a excepción de mí. Un respiro profundo me llevó a un palmo de José – ¡Esto es Freddy Krueguer! – le dije al estrellar mi puño contra su rostro, deformándolo, escuché sus huesecillos como una cucaracha pisada, mientras su nariz al respirar emulaba el chillido de una rata. Luego de aquel encontronazo de mis carnes contra las suyas pensé que comenzaría un linchamiento, pero él se empezó a reír a carcajadas, primero tímido para luego dar paso al estruendo – Date por muerto, pendejo – me sentenció.
– No puedo esperar a morir – dije dejando a todos sus adoradores con la boca abierta, el me daba la espalada desafiante – A la hora de la salida y fuera de la escuela voy a tener tiempo para dejar embarrados tus sesos en la calle –
– Esta vez no será cuando tú quieras, me da igual que nos expulsen, es ahora o nunca – sin miramientos me fui contra él, dispuesto a todo, era momento de matar o morir, pero José no cometía esos errores, él no perdía la cabeza, sabía las técnicas de las peleas callejeras y sin mayor esfuerzo me redujo con un par de rodillazos. Me fue imposible incorporarme, por más que luché contra mi cuerpo golpeado. Aun cuando pudiera pensarse lo contrario, la dosis de adrenalina fue justo lo que mi fisiología necesitaba para encontrar la paz, me sumergí en la oscuridad, me dejé llevar por la pesada manta que me cubrió mientras escuchaba entre los murmullos de mis músculos quejarse por los golpes – Este ya tuvo suficiente –
Quedé tumbado en el patio, como cadáver cuyo espíritu ya le habría abandonado, dejándolo a su merced. Me puse en pie en cuanto me fue posible, caminé pesadamente al servicio, me miré al espejo, con compasión y con desprecio, como quien observa a un perdedor. No había marca alguna en mi rostro, como cualquier miembro de la  desaparecida Honorable Policía Judicial, José se había asegurado de no dejar marcas visibles de sus golpes.
Me dolía respirar, las costillas en verdad me lastimaban al jalar aire, supe que ese colegio no me traería nada bueno y un buen día dejé de asistir a la escuela, me uní al grupo de los que jugaban al billar y allí solía pasar las mañanas, mi padre me dejaba en la escuela; y en cuanto veía su auto marcharse yo salía a la calle. En el colegio sufría, no aprendía nada, no avanzaba; en el billar me divertía, me olvidaba de mis problemas e incluso sentía que aprendía lecciones que en otra situación no podría.
El billar resultó adictivo, olvidé la escuela y me ausenté de allí algunas semanas. El dinero destinado a los exámenes lo invertía en desayunos y en el juego. Además de que mi colegiatura se reflejó en una colección especial de discos; Metallica, Guns and Roses, Kiss, Depeche Mode, Iron Maiden, Aerosmith entre otros, engrosaban mi repisa de música, utilicé los recursos en lo que en ese momento creí era importante y aprendí a escuchar buenos grupos.
Esa fue la mejor decisión. Me alejé de los conflictos, refugiado en la música y el juego, ya nunca me enfadaba, todo era motivo de risa y diversión, aun cuando mis habilidades con los tacos de billar eran cuestionables yo ponía mi mejor esfuerzo en mejorar. Luego de unas semanas consideré prudente poner pie en la escuela, sólo por visitar y mirar cómo iba todo. Fue mi maldición, apenas crucé el umbral de ese maldito agujero del infierno y la maestra Elisa me sentenció – Gallego, voy a llamar a tu casa, debes unos exámenes y no has pagado, tampoco has venido, al menos paga y presenta tus asignaturas –
Me sentí amenazado, la idea de regresar de visita a la escuela había sido pésima, tan sólo pensar en pagar un examen más a esa panda de criminales me hizo enfurecer, no me quedaba más que prolongar mi situación en la medida de lo posible hasta encontrar la solución; si mi padre se llegaba a enterar de lo que hacía, podría ir preparando mi funeral. Como un relámpago de genialidad el fin del problema atravesó mi cabeza, desconectaría el teléfono todo los días, así nadie podría llamar, la engreída profesora tenía mi teléfono, pero yo podía cortar los cables de ese teléfono y como en aquellos tiempos no habían móviles ni internet a todo público la comunicación no era tan sencilla.
Y así lo hice todas las mañanas durante el mes siguiente, desconectaba el teléfono antes de salir de casa, y lo conectaba al regresar, pero siempre tenía que estar al pendiente. Después del parapeto regular desayunaba tranquilo con mis amigos en algún restaurante de la zona, luego nos encaminábamos al billar, lo habíamos tomado como una vocación, organizábamos incluso torneos entre nosotros, competencias.
Hubo quien un día había olvidado un guante especial para jugar billar y volvió a su casa por él. El ir y volver le llevó 2 horas y cuando vi el guante no era más que un pedazo delgado de tela, muy parecido a los que usaba George Michael en su video Outside. Este tipo se fanatizaba y pues pasando tantas horas en el billar era normal conocer todo tipo de locos, muchos tenían manías, rituales extraños, pero a fin de cuentas bola 8 era nuestro juego preferido. Después del juego me marchaba solo a la tienda de discos por algo más, cosas nuevas para mí, Megadeath, Scorpions, Pink Floyd, Phil Collins, entre muchos otros. Cansado de mis actividades esperaba paciente en la puerta de la escuela a que llegara mi padre, para subir gris, cansado, casi nunca listo para el futuro.
Llegué a casa y escuché – Estoy cansada de conectar todos los días el teléfono, no sé quién lo desconecta – Una espada disfrazada de la voz enfadada de mi madre se atravesó en mi pecho, cómo quise desaparecer en mi sopa, para luego salir de ella y tirar por la ventana el maldito aparato telefónico, tuve que tomar determinación de volver a aquel lugar, no sabía cómo pagaría las deudas, pero lo primero era eliminar el peligro inminente de que llamaran a mis padres por las faltas y los exámenes en deuda, así que sin dudar al día siguiente estaba cruzando el portal de aquel antro de perdición llamado escuela, y no para escaparme al billar, sino para retomar el camino que había dejado semanas antes.
Para hacer mi regreso triunfal a la porquería aquella elegí el peor día, casi no había alumnado, ni profesores, asistí a una sola clase, no hubo más. Deambulé entre los pasillos, como fantasma buscando el camino a la luz, o a la oscuridad, o a donde fuera pero lejos de ahí. Caminé y recorrí las instalaciones como nunca lo había hecho, hasta que de frente vi el aseo de señoritas. Decidí entrar, no había quién mirara, por lo tanto no habría quien se mofara de mí. Al final del pasillo dividido por unas mamparas estaba una escalera de marino que conducía al techo, sin pensarlo subí y descubrí la azotea del colegio a la que tuve acceso por un tragaluz.
Eso era una belleza, no sabía cómo no lo había encontrado antes, aquel era el lugar perfecto para mí, con el sol golpeándolo con fuerza, moteado por la sombra de algunos árboles insolentes que llegaban a ser tan altos, podía ver no sólo el barrio, sino la ciudad entera, se respiraba aire limpio, aquel en definitiva era mi lugar.
Tenía que compartir con alguien el momento y saqué de mi bolsillo aquella muñequita de cristal, esa que estaba destinada a bailar encerrada en una caja por la eternidad, pero al ver la luz conmigo varios colores atravesaron su alma de cristal, no decía nada pero era transparente, translucida y yo sentía que sus ojos brillaban.
El tiempo pasó volando junto a las aves que me rodearon el techo, era todo muy bello, pero tenía que volver al mundo, levanté con cuidado el domo que abría la cloaca de mis pesadillas y comencé a bajar cauteloso, hasta que algo me hizo temblar de miedo, era una mano que me sujetaba el tobillo, me agaché para asegurarme, era Manuel, el hijo del director que con todo su peso se colgó de mi pierna. Quise volver arriba, pero ya era demasiado tarde, el baño se llenó de gente, el hijo del director y sus amigos estaban esperándome allí con insultos y gritos, ya no sentía mi pierna, pensé por un momento que estaba a punto de perderla.
La situación empeoraba cuando más de esos tipos se colgaron de mis piernas, aguanté su peso porque era más mi terror de romperme la boca contra las escaleras si me soltaba. Después sentí unos duros puñetazos en mis tobillos que casi lograban ablandarme, y seguí firme y colgado, yo quise emprender el camino de vuelta, pero no me sería posible con un tipo colgado en mí y otros dos golpeándome, entonces supe que mis brazos no resistirían demasiado el peso y tuve que dejarme caer al lado opuesto de la escalera.
Llevaba a mi muñequita de cristal entre las manos y ella cayó primero que yo, rompiéndose en mil pedazos, vaticinando mi destino, habían destruido a la pequeña cristal, mientras los golpes de esos malnacidos hacían rechinar mis huesos – ¡Maldito Gallego! – no recuerdo que pasó o más bien no sé describir la escena, como pude me puse en pie, quería enfrentarles, pero eran demasiados, un golpe seco en la espalda me hizo caer casi inconsciente, no había entendido el por qué se habían limitado a golpearme en el cuerpo y no en el rostro, pronto descubrí que el plan inicial era, después de golpearme hasta cansarse entregarme a la coordinadora por estar en el baño de mujeres.
Tuve dos caídas, fue el recorrido más largo que jamás había tenido, los golpes no cesaban, por el contrario, quien podía golpearme lo hacía y yo seguía sin comprender tanto odio, me salió una gota de sangre por la nariz y los miré – ¿Por qué me odiáis tanto? Yo no fui quien le quemó los pies a Cuauhtémoc –
Mi osadía me costó un fuerte puñetazo en la cara y el hijo del director se alarmó – Dijimos que en la cara no, mejor le metemos la muñeca de cristal por el culo, seguro por eso la tenía –
Se me partió el labio por dentro y les escupí mi sangre en la cara, eso provocó que se enfurecieran y la última parte del viacrucis fuera más letal, me descubrieron el pecho y me llevaron a golpes, zancadillas, patadas por detrás y bajaron mis pantalones.
– Ya métele la muñeca, así en trozos –
Me salvaron unos segundos, pues estábamos a punto de entrar a la oficina de la coordinadora, cuando una voz me sacó de mis pensamientos – Péinate español, para que te vea guapo la maestra Elisa – los demás estallaron en risas, entramos a la oficina de la autoridad en turno como la pandilla de cuatreros cazadores que triunfantes vuelven con la presa en una pica – Eres una inútil Elisa – Sentenció el hijo director, la coordinadora se sonrojó, impotente sabía que desafiar al hijo de su jefe podría costarle el empleo – Encontramos al Gallego en la azotea, se puede caer alguien desde allí, esto te va a costar Elisa, el cerdo este andaba sin pantalones y entró por el baño de mujeres para espiarlas, además traía una muñeca de cristal –
Nada de eso era verdad, pero no podía ni hablar, estaba torturado y con los pantalones abajo, pero una voz me sacó de mis pensamientos, era la coordinadora Elisa que dijo – Esto no vuelve a pasar, este alumno está expulsado de la escuela –
El hijo del director sonrió, sabía que la autoridad en la institución era él, así que con su tarea cumplida se marchó satisfecho, seguido por su pandilla de criminales inútiles – Adiós galán, ya me contaron lo de Annie, seguro que te va mejor en otra escuela –
– Gente como vosotros nunca llegará lejos ¡malditos hipócritas! – Mis palabras provocaron más risas y a lo lejos me decían adiós con la mano, burlándose y con carcajadas – Adiós conquistador, rey de los gallegos –
La coordinadora se sentó en su escritorio y luego de un larguísimo suspiro digitó los números que le comunicarían a mi casa, luego de unos segundos alguien respondió ¡maldita sea! estaba conectado el teléfono, todo había terminado ya.
La conversación que sostuvo la coordinadora con quien le respondió al teléfono en mi casa no la recuerdo, los temblores que me generaba la ansiedad y el dolor de mis destruidos músculos hacían mi entorno un conjunto de imágenes y sonidos borrosos. Justo después de colgar comenzó a sermonearme, no podría decir sobre qué porque tampoco lo recuerdo, mis ojos perdidos intentaban clavarse en ella para concentrarme, pero no lo conseguía, lo que sí recuerdo fue una sentencia, pero no esa conversación, yo aún estaba tratando de superar el shock, no añadí nada en mi defensa, no tenía sentido, solo escuché un último comentario en el que Elisa me decía que para que alguien fuese expulsado de esa escuela es porque ya estaba listo para ingresar en prisión, yo solo pensaba que tal vez hay gente más peligrosa andando por las calles, con respecto a la expulsión creo que me hacían un favor.
La coordinadora se marchó dejándome solo con mis instintos pirómanos, impulsos que nacieron en el momento que vi el mechero y sus cigarros que se había dejado sobre el escritorio, cómo quisiera poder prender fuego a aquel lugar, pero por desgracia no tenía alcohol ni gasolina. Pensé que lo único positivo es que nunca tendría que volverles a ver la cara, aun me dolía todo, pero justo reparaba en ello cuando escuché un estruendo, un relámpago que distorsionaba la aparente calma de aquella oficina, pero no era ningún fenómeno meteorológico, ese ruido yo lo conocía, de toda la vida; era la voz de mi padre, que en su volumen más alto sonaban más malas palabras que los hinchas del atlético de Madrid; un temblor sacudió mi cuerpo, me bañé en sudor frío, podía sentir vibrar la puerta, ella temblaba al compás de los gritos de mi padre, ese día como muchos otros deseé ser invisible.
Nada de lo que hubiera vivido antes pudo prepararme para lo que se avecinaba; vi girar el picaporte y entrar a mi padre, cargado de odio y de coraje, como el toro que entra furioso, cansado y dispuesto a todo en el ruedo. Me puse en pie, temblando tomé aire para empezar a explicar, pero antes de que pudiera articular cualquier palabra mi padre me atestó un golpe que me cimbró las ideas. Era todo lo que me faltaba, un bofetón que me desarticulara el cuello.
En el centro del dantesco escenario estábamos mi padre y yo; él descargando su furia desde un lenguaje que era incorrecto hasta para el peor bar del peor barrio. La coordinadora que hacía unos minutos estaba crecida como un pavo ahora parecía una hoja a punto de caer del árbol, con los ojos desorbitados intentaba, sin éxito alguno, calmar a mi padre. En minutos que parecieron una eternidad se presentó el Director, los gritos no cesaron, de hecho la escena se torció, como si eso fuera posible, entre tantos dimes y diretes mi padre decidió que era la hora de irnos de allí; al final expulsado o no, en mi padre se quedó con la noción de ser él quien decidió que yo no continuara allí.
Al salir el hijo del director y sus amigos cuchicheaban, y uno de ellos se acercó para darme la cabeza de la muñeca de cristal, la tomé entre mis manos sin mirar a nadie más, ella estaba en mil pedazos como yo, por todas partes, la tomé y la había arrastrado hasta mi situación, si la hubiera dejado bailar en su cajita de cristal nada de esto le hubiera ocurrido.
El viaje de vuelta a casa fue sólo el preludio de lo que vendría en los días siguientes, el mismo discurso, las mismas palabras que hurgaban en la misma herida de siempre. Yo, el idiota, el inútil, el gilipollas, ese que no valía para nada; ya ni siquiera para enojarse. Las palabras inundaban mi boca, y en su viaje al exterior ahí se quedaban rompiendo el frágil cristal, a mi padre nunca le interesó saber mis explicaciones ni mis adentros, nunca supo de las veces que fui torturado de muchas formas, tanto por los compañeros como por los profesores, en esa escuela me habían golpeado, robado, ofendido, humillado, y él nunca lo supo, la mejor explicación era la muñeca de cristal, bastaba con mirarla.
Llegué desesperado al punto de no saber si yo era el culpable todo, o todo era una confusión total, por las noches no dormía, seguro que no pertenecía aquí, tenía una forma tan distinta de ver y sentir las cosas, pero a quien le importaba, si los resultados eran catastróficos.
Frágil como el cristal, pero que en pequeños pedazos es más fuerte, así era yo, me habían expulsado por segunda vez de una escuela, pero tanto aprendí del mundo real, primero la estafa de la profesora, después la paliza de José, seguido por los golpes del hijo del director y sus amigos, terminando con la expulsión de mi segunda escuela y unos bofetones de mi padre, cortesía de la casa; pero yo no era una víctima, no señores, no quiero vuestra lastima, veámoslo como una mala rachita, nada más.





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