El Chilipuca

Abrí los ojos lentamente, me despertaba la voz de un señor desconocido y yo entre sueños comenzaba a ver su rostro. Me costaba regresar por el excesivo cansancio, pero poco a poco me fui despertando para atinar a decirle – ¿Qué quiere? –

– Discúlpame por despertarte – Respondió apenado, y continuó – No sé dónde bajarme –

El autobús que venía de Tapachula, Chiapas a la Ciudad de México hacía un largo recorrido de más de 14 horas, yo dormía cuando me era posible, pero mi destino era la última parada; la estación norte de la capital mexicana.

Se lo hice saber y le pregunté – ¿A dónde va? –

– Mira hermano, soy maestro de escuela primaria y vengo de El Salvador, llevo muchas horas de viaje y voy hacía el norte –

– Si quiere puede bajarse donde lo haré yo y le explico que autobús puede tomar, pero me parece que quedan más de cinco horas todavía –

El hombre de no más de 45 años era amigable, de piel morena, estatura media, pelo corto estilo militar y unas grandes gafas; se mostraba desconcertado y necesitaba ayuda, yo recordé años atrás cuando por primera vez viajé a El Salvador y vino a mi cabeza toda la ayuda que recibí; y por el cariño a ese país simpaticé con el señor.

El tipo hablaba demasiado y continuó las próximas horas contándome que su pueblo era muy pobre, que se había mudado a San Salvador para dar clases y mencionaba con recelo aquella guerra civil que tanto había lastimado a su país, era un tipo culto y a mis veinti pocos años le di la confianza, como si de un viejo amigo se tratara.

Llegamos a la Ciudad de México con la noche encima, le indiqué al maestro como seguir su camino y él se quedó en medio de la estación sin saber qué hacer, por un momento me sentí mal y recordé alguna de aquellas lejanas y oscuras noches en El Salvador, siendo rescatado por alguno de sus paisanos y pensé – Tal vez sea momento de pagar mi deuda –

Me acerqué y lo vi congelado – ¿A dónde va? –

– Al norte, pero me gustaría quedarme unos días aquí en la ciudad, quisiera pasar a la Basílica y rezarle a la Virgen de Guadalupe –

– Mi casa está cerca, si quiere puede pasar allí la noche –

– ¿Lo dices en serio? –

– Sí – Respondí no muy convencido

– Mi nombre es Israel Guajardo –

– Un placer maestro –

– Háblame de tu –

Lo miré asintiendo y juntos fuimos al compartimento de autobús donde se guardan las maletas, empezaban a hacer entrega del equipaje y nos mirábamos por momentos prolongados, el Maestro Israel solo cargaba un bolso así como yo, pero seguían saliendo maletas y le pregunté – ¿Traes mucho equipaje? –

– Solo este bolso ¿y tú? –

– También –

Empezamos a reír, yo solo traía un bolso porque mi visita a Tapachula fue corta y tenía mi ropa en la casa, el hombre viajando desde tan lejos se había ido con lo que llevaba puesto, eso era muy extraño, parecía como si hubiera salido con prisas, pero no reparé más en la situación. Nos alejamos del lugar y antes de llegar recibí una llamada, eran Chuy y Cocán, me preguntaron si podían llegar a la casa, que me darían la bienvenida, a lo cual no me negué.

Caminamos juntos por los oscuros callejones hasta llegar a donde yo vivía en aquel tiempo, una casa en la segunda planta, no podré olvidar ese confortable hogar con una alfombra grande, dos baños y dos habitaciones, el salón era grande, un balcón e incluso un cuarto de servicio; mismo que le asigné al maestro.

Me miró con tanta gratitud y me dijo hablándome por mi nombre – ¡Muchas gracias hermano! Te agradezco el que me tiendas la mano –

Yo solo atiné a decirle que en su país me habían tratado muy bien y que se lo agradeciera a sus compatriotas. Sonó el timbre y le dije tengo visitas, tal vez tomemos algo en el salón – ¿Los puedo acompañar? Es que no quiero estar solo –

Fue extraño ver a un hombre corpulento pedirme como un niño pequeño compañía y le dije que no había problema, entonces bajamos y entraron Cocan y Chuy; venían acompañados de alguien más, no recuerdo quien era ese tipo sin rostro. Los invité a subir, pero Chuy dijo – Tenemos un plan, súbete al coche –

Les presenté al maestro diciendo que era de El Salvador, Chuy había estado conmigo en ese viaje y le dio hasta un abrazo, podía notar a Chuy un poco alcoholizado y el maestro sintiéndose en confianza sacó sus cigarros sin filtro y nos ofreció a todos.

Subimos al coche y mi bienvenida fue de locura, terminamos en un putiferio, con unas cervezas y viendo mujeres desnudas; para el maestro todo era tan raro, pero allí estaba riendo entre copas y muy a gusto.

Menuda la fiesta, acabamos con una tremenda borrachera y salimos abrazados como amigos de toda la vida. Cocan me llevó a casa y le pedí a Chuy que se quedara, que no quería pasar la noche solo, me entró una extraña paranoia, entonces Chuy con su simpatía y sin que nadie nos escuchara dijo – Ya ves, metes a cualquier cabrón en tu casa – y se empezó a reír.

El maestro en el cuarto de servicio y Chuy y yo en la cama de abajo; después de sueños raros desperté y ya era medio día, en el salón estaba el maestro fumando y le pregunté – ¿Qué tal pasaste la noche? –

– Bien, gracias por todo – Me lo dijo con tremendas ojeras, le asigné una toalla y le dije que se diera un baño.

Chuy se fue y llegó Kenia, yo nunca estaba solo, Kenia era mi pareja de aquel tiempo, le presenté al maestro y ella me miró extrañada, tal vez pensó por un momento que había perdido la cabeza, pero lo trató muy bien, incluso hizo un platillo típico mexicano. 

Comimos y podía ver en los ojos del maestro una profunda tristeza, el habló y dijo – Llévame a la Basílica hermano, necesito rezar –

– Si Israel, podemos ir en un rato, es sábado y tenemos la tarde libre –

Se fue a asear y Kenia me dijo – Que personajes conoces –

Mi pareja profesaba otra religión diferente a la católica y le pregunté – ¿Qué hago? ¿Lo llevo a la Basílica? –

– Sí, acompáñalo, es su fe, pero intenta hacer oración con él –

– Tú sabes que yo no sé hacer eso –

– Inténtalo, él lo necesita –

Salió el maestro como nuevo y afeitado, pero su semblante seguía siendo triste, Kenia le preguntó – ¿Le pasa algo? –

– Sí, me siento muy mal –

El maestro se vino abajo y Kenia y yo lo miramos, el siguió hablando – Te agradezco hermano tu hospitalidad, pero salí de El Salvador por una muerte –

Pasando saliva nos quedamos con la boca abierta y el continuó – Quiero rezar por ella, mi novia murió en un accidente que tuvimos hace unos días, ella no quería salir esa noche y yo le insistí, la familia de ella me culpó y uno de sus hermanos quería matarme, pero nadie entiende que fue un accidente –

Kenia me dijo – Llévalo a la Villa, tú sabes que yo no creo en eso –

Me fui con el maestro y lo dejé en la capilla, necesitaba tiempo, se desahogó en dos horas, al salir no parecía estar aliviado, tenía los ojos empañados de un llanto que trataba de ocultar, pero no le pregunté más, nuevamente llegamos a la casa justo al caer la noche, cenamos algo y a lo lejos estaban unos amigos afuera de mi portal, eran 5 o 6, se trataba del Tico, el Cepillin, Aldo, David y otros dos, venían muy guerreros, con botellas de alcohol, después de un viernes aguerrido con Chuy y Cocan, tendría un sábado de gloria. Les presenté al maestro y se hizo la fiesta, pero esa fiesta fue más allá de lo que yo hubiera pensado, el alcohol fue excesivo y uno de los muchachos puso una gran bolsa de marihuana en la mesa; al maestro le brillaron los ojos, pero intentó disimular.

Empezaron a rular un par de cigarrillos y todos fumamos, al maestro se le cruzó el alcohol y la marihuana y nos enseñó una forma nueva de como fumarla, a la cual bautizaba como “El Bazucazo”, consistía en soplarnos por el cigarro a la vez que inhalábamos.

Fue un desastre, todos nos pusimos verdes, el maestro estaba efusivo y se quitó la camisa; su cuerpo era un lienzo de cicatrices y dijo – Yo fui guerrillero en la guerra de El Salvador, estas son mis heridas y estoy vivo de milagro – Decía al tiempo de señalarse navajazos y un impacto de bala.

En ese momento se convirtió en un héroe y el Tico me dijo – No sé de donde sacas estos personajes, pero con este te luciste mi hermano –

La euforia nos indujo al sueño profundo y fuimos cayendo uno a uno como moscas, yo me aseguré de que el maestro se fuera a dormir arriba, al cuarto de servicio y los demás se quedaron en el suelo.

Al día siguiente y con el cerebro aturdido se fueron yendo uno a uno, como robots, sin decir adiós, incluso sin abrir la boca, parecían zombis sin rumbo. Solo el Tico se quedó conmigo y llegó la hora de la comida, el maestro no bajaba y le toqué la puerta.

Me abrió con unas tremendas ojeras – He pasado una mala noche, siento que ella viene a verme –

– Fueron las drogas –

– Yo sé fumar, algo está pasando –

No le di importancia y fuimos a comer unos tacos con el Tico. Era domingo de resurrección, y la tarde se fue lenta.

El maestro estaba muy triste y cuando el Tico se fue me dijo – Ya estamos sobrios, vuelve a caer la noche y tengo miedo de que ella vuelva –

– ¿A qué te refieres? –

– Siento que ella está enfadada conmigo y viene por las noches a visitarme –

Le llamé a Kenia y le conté lo sucedido, ella me recomendó que le hiciéramos una ofrenda a la difunta novia del Maestro Israel y que oráramos.

Salí con él, le pedí que me acompañara antes de que se hiciera más tarde y salimos por unas flores, regresamos a casa cerca de las 10 de la noche, acomodé una ofrenda y le pedí el nombre de la difunta – Tienes que creer en esto – Le dije con total seguridad y el asintió con la cabeza – Espero que con esta oración ella descanse –

No sé de donde saqué las palabras pero hice una oración como si en realidad tuviera fuerza, Israel pudo sonreír y liberarse al terminar, sintió esa fuerza que solo la fe interna propicia, y yo sentí su energía. Israel me lo agradeció con un fuerte abrazo, encendí una veladora y nombré a la difunta novia pidiéndole que descansara y que encontrara la luz. Israel subió con confianza al cuarto de servició y se dispuso a dormir. Yo me quedé mirando a la ofrenda esperando que el maestro se liberara.
La mañana siguiente bajó Israel casi llorando, debilitado y con unas tremendas ojeras y me dijo – Ayer ni bebimos, tampoco nos drogamos y esta noche fue horrible, ella no descansa –

Traté de tranquilizarlo y le comenté que el martes tenía clases y que él tenía que decidir continuar con su viaje. Me agradeció el tiempo y me dijo – Hermano, esta es la última noche que me quedo, déjame dormir abajo, te lo suplico –

Lo vi tan mal y accedí, lo dejé dormir en la kingsize donde yo dormía y le dije está bien maestro verás cómo esta noche no pasa nada.

Pasó el lunes sin gran novedad y llegó la noche, nos dijimos hasta mañana y dormimos.

A las tres de la madrugada me despertó el maestro, así como en aquel autobús días atrás, me llamó por mi nombre y en medio de la oscuridad abrí los ojos – ¿Qué pasa Israel? –

– Ella no descansa, sigue aquí, siempre te estaré agradecido por ocultarme, pero tienes que saberlo, ¡yo la maté! Por celos –

Mis pelos se erizaron y no podía decir nada, el maestro me agradecía lo que había hecho por su persona y me confesó su crimen y en medio de la noche se dibujaba su silueta contándome con detalle el horroroso y sanguinario suceso.

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