Rodeo Nocturno

Regresé corriendo a casa aquel día lluvioso, mi futuro era en blanco y negro a pesar de los hechos, así lo consideraban mis mayores. Todo parecía empañarse como los cristales de ese coche con el que casi me estrello, por suerte estaba aparcado y la inercia me llevó a patinar unos segundos sobre la acera.
Me sequé la lluvia, o tal vez el sudor, que sé yo, todo estaba tan mezclado entre la agitación y el frío de aquel sábado de agosto. Por un momento se detuvieron mis pensamientos y recordé que mi tía llegaba esa misma noche de España, y como siempre que visitaba México nos pedía ir a un lugar llamado “El Rodeo”, que estaba en el centro de la capital azteca. En aquel sitio solo se escuchaba música banda y era en vivo, aún recuerdo a Julio Zepetua con la banda Zero, nunca supe bailar, por el contrario, las trompetas me dejaban aturdido.
Yo no quería salir aquella noche, pero mi tía me convenció, nadie mejor para insistir que Cristina Vázquez – ¡Venga capullo, que os visito poco! – dijo una y otra vez.
Fuimos allí, mi tía y unos vecinos de mi querida colonia Romero Rubio; Toño, Pili, Rosy, Doña Kary, e incluso mi propia madre. Y es que cuando uno es tan joven no tiene escapatoria. Como iba a pensar que esa noche en la que yo iba tan indispuesto las cosas darían un giro de 180 grados, pero estaba en mi destino, esa noche allí tenía que estar.
Como mencioné yo no sabía bailar y me quedé la noche entera bebiendo cerveza sentado en un rincón, mirando como todos movían esos esqueletos, con sus sombreros y botas, pasándose a la mujer por debajo de las piernas, por arriba y hasta la giraban en el aire, eso era mejor que los aerobics, tenían que terminar fatigados. Pero desde la silla la estampa completa parecía un circo; inevitable echar unas carcajadas al ver eso con la quinta cerveza en la mano.
El lugar comenzaba a vaciarse y los que quedaban estaban en la pista dándolo todo, pero del lado de las mesas estaban dos chicas, me acerqué un poco envalentonado por lo ya bebido y le dije a la pelirroja – ¿Quieres bailar? –
Era evidente que yo no tenía ni idea, y ella respondió – No sé bailar, a mí me gusta el rock, vengo a acompañar a mi prima y a mi tía –
Me eché a reír y le dije – Yo tampoco sé bailar – Al tiempo que con mi torpeza tiré un par de cervezas de su mesa al mover la mano y fueron a parar a sus vestidos. Ellas se levantaron de inmediato para no seguirse mojando y yo en mi cabeza pensé – He rematado la faena como un idiota –
No pude ni pedir disculpas, aunque supongo que notaron mi cara de vergüenza, las chicas se portaron de una manera excepcional y la pelirroja me dijo – No te sientas mal, fue un accidente –
– ¿Lo dices en serio? Estaba a punto de cerrar los ojos para esperar una bofetada –
Las chicas se empezaron a reír y la morena se presentó – Yo soy Ileana – Después la pelirroja – Yo soy Laura y vengo de Squamish, Canadá –
Sonreí y me presenté con ellas extendiéndoles una disculpa de nuevo, a la que respondieron que no debía preocuparme por nada, me insinuaron que les gustaría ir a otro lugar, que esperaban que nos volviéramos a ver y me dieron el teléfono de la casa donde se estaban quedando.
Pasaron los días y llamé a Laura, nos encontramos y junto con Ileana salíamos a varios lugares; Ileana y Laura eran primas hermanas, La madre de Laura era mexicana, hermana de la madre de Ileana, pero en esa ocasión solo Laura había ido de vacaciones, se quedaba en casa de su tía, junto con Ileana y otro tío muy joven que se llama Gerardo, quien a veces salía con nosotros.
Hicimos una linda amistad, sobre todo Laura y yo, esa pelirroja que me había inducido a bailar en “El Rodeo” estaba en mi cabeza más de lo que yo podía imaginarme, pero no me atrevía ni siquiera a tocarla.
Prácticamente nos acabábamos de conocer, pero yo sentía conocerla de muchos años, ¿Dónde había estado todo este tiempo?
La familia me recibía en casa todos los días y siempre estaban dispuestos para salir, pero llegó el sábado y por petición de mi tía iríamos a “El Rodeo”, yo no tuve problema alguno y me ofrecí a ir por Laura a su casa; al parecer nadie quería acompañarla, no sé qué había pasado aquella noche; era todo tan extraño, se notaba el ambiente distorsionado, pero cuando llegué todo cambio, Ileana decidió acompañarnos de última hora, y después Gerardo, fueron muy tensos esos minutos porque la madre de Ileana no estaba muy de acuerdo, cosa que me parecía fuera de la lógica después de todo un verano de salidas diarias.
 – ¿Entonces por qué he venido hasta aquí? – Me preguntaba, pero sin darle importancia seguí hablando con Gerardo mientras las muchachas se arreglaban.
Las chicas estaban listas, y fue despampanante ver a Laura solo con los labios pintados, me perdí un segundo en sus ojos y regresé a la realidad sin saber dónde aterrizar.
Esa tarde yo no llevaba coche y bajamos a pillar un taxi. A unos pasos había una base como le solían llamar, allí donde se apilaba una fila de ellos y decidimos tomar uno.
Ya había oscurecido y yo distraído mirando a Laura iba a entrar en el coche; que no era más que el famoso bocho sin asiento en la parte delantera y atrás solo cabían tres personas. Laura me dijo que pasara, que se sentaría en mis piernas, yo pasé incrédulo y cuando la sentí hice ejercicios de respiración, mis pulsaciones iban tan rápido que podía parárseme el corazón. Después entraron Ileana y Gerardo respectivamente.
Tener a Laura encima de mí me distrajo por completó y me sumergí entre los nervios y la desorientación, no sabía dónde esconder mis manos sudorosas. Pero poco tiempo me duró el gusto de tener a Laura tan cerca, el taxista arrancó sin que le dijéramos hacia donde nos dirigíamos. Gerardo se dio cuenta de que algo extraño estaba ocurriendo. Otro taxista de la base se nos cerró bruscamente, pero el taxista que nos llevaba dijo – Hijo de su perra madre –
Y con valentía lo esquivó. Gerardo dijo – Señor aun no le hemos dicho hacia dónde vamos –
El taxista nos miró por el retrovisor enfurecido y dijo – Dígame a donde –
Gerardo le dio la ubicación de nuestro destino, pero parecía que el taxista no le había escuchado. Él ya tenía la ruta trazada y al pasar unas cuantas calles en un lugar muy oscuro el taxista se detuvo; de inmediato dos tipos armados subieron al taxi abriendo la puerta bruscamente, al tiempo que gritaban – Somos de la policía judicial, ya valieron madres –
Yo no alcanzaba a entender lo que estaba pasando, éramos 7 personas arriba del diminuto bocho, entonces un gordo fue a por mi y me agachó acostándome en el lugar delantero donde no había asiento; a punta de golpes me separó bruscamente de Laura y me pisó los gemelos provocándome un terrible dolor.
El taxista me decía de todo – Dame tu dinero y pertenencias hijo de perra –
Al mismo tiempo el gordo asaltante les gritaba a las chicas que las iba a violar, mientras un tercero sometía a Gerardo a puñetazos sacándole las cosas de sus bolsillos.
Nos pidieron que cerráramos los ojos, para que no pudiéramos denunciarlos ni reconocerlos, cuando escuché que violarían a las muchachas dejó de importarme mi propia vida y pensé – No lo voy a permitir, no lo harán delante de mi, sobre mi cadáver –
Entré en un estado de adrenalina muy elevado, no sentía miedo ni dolor, yo mismo había asimilado que esa noche era mi última noche, tal vez esa hora o minuto.
El taxista me trajo de vuelta a la realidad con un fuerte puñetazo y me dijo – Dame todo lo que traigas –
Yo indignado lo encaré sin sentir dolor y le dije – ¡Ya te lo di todo! ¿Qué más quieres? –
– Te voy a violar –
– Eso es lo único que me faltaba – Pensé
Y mirándolo le dije – ¡Ya te lo di todo! – Se lo grité ahogado en un grito de desesperación
– Te dije que no me veas – Y empezó a darme golpes como un loco, mientras Ileana y Gerardo seguían buscándose cosas en los bolsillos.
El gordo me puso boca arriba y me pasó la mano por todos lados, desde el suelo del taxi podía ver el cielo estrellado y pensaba, tal vez pronto mi espíritu o algo de mi viaje hacia allá, este será el taxi que más lejos habrá de llevarme.
Resignado a la misma muerte intentaba ver a Laura, quien permanecía ida y no respondía a mi mirada, en cabio Ileana si intercambió conmigo una mirada de angustia, ella no estaba resignada a morir, yo sí; pude rezarle al arquitecto del universo mirando las estrellas de esa oscura noche, pidiéndole que todo acabara rápido, que se apiadara de estos cuatro jóvenes.
A Gerardo no pude verlo, solo se escuchaban sus gritos pidiendo clemencia – Por favor no me golpeen más, ya les di todo – Al parecer el ladrón más agresivo seguía torturándolo.
Fueron los 20 minutos más largos de mi vida, tal vez 40, Ileana gritó – ¡No me toque maldito! –
Se dispararon las alarmas y la adrenalina estaba en lo más alto, el momento se acercaba, pero los asaltantes estaban indecisos, era como una tortura sin fin. Empezaron pidiéndonos identificaciones, podía ser un secuestro, pero nadie de nosotros portábamos en nuestros bolsillos ninguna credencial que tuviera nuestros nombres, fotos o dirección. Los asaltantes vieron el mísero botín que se llevaron de nosotros y uno le reclamó al chofer – Escoge a tus víctimas, estos no traen nada encima, son unos miserables –
– ¿Y qué hacemos con ellos? – Dijo el chofer
– Podemos matarlos o tirarlos al canal –
Los tres delincuentes estaban decidiendo nuestro futuro y por sus palabras no era muy alentador, seguían opinando y dando vueltas, hasta que el taxi se detuvo. Abrieron la puerta y me arrastraron para bajarme bruscamente, atrás de mi y con una patada salió despedido Gerardo. Después las chicas; en especial Iliana que era la rebelde fue bajada por los pelos.
Cuando vi a Laura fuera del taxi me alegré, pero mi alegría fue muy corta. El chofer se quedó dentro del taxi con el motor encendido, el delincuente que golpeaba a Gerardo nos colocó en una pared de hormigón de espaldas al que portaba el arma, como se solía hacer en los fusilamientos.
La calle estaba totalmente oscura, no había ni un alma y nos iban a matar como perros. Escuché el amartillamiento del arma y me puse duro, como cuando se recibe un golpe, contraje mis músculos como si fuese a detener el recorrido de la bala, pero solo había que esperar.
El bandido armado gritó – Hasta aquí sus alegrías, no se les ocurra voltear, será mejor así –
Vino un silencio sepulcral, yo no sabía si estaba vivo o muerto, seguía con la cara pegada a la pared y los minutos corrían; quería saber lo que había pasado, tenía muchas preguntas, ¿Estaba vivo? ¿Muerto?
Y con miedo torné mi cabeza para reconocer mi alrededor, vi a Laura, y a Gerardo clavando su vista en la pared, Ileana ya se había dado la vuelta, nos miramos y nos dimos cuenta de que los ladrones ya se habían ido, Ileana fue hacia mí y se puso a llorar en mi hombro, yo la abracé tratándole de decir que todo estaba bien.
Gerardo también volteó y dijo – Pensé que ya nos iban a matar – Mientras que Laura no reaccionaba, parecía que estaba fuera de sí, no decía absolutamente nada.
Yo me sentí aliviado al saber que estaba vivo, pude comprobarlo al ver la cara hinchada de Gerardo. Yo no le tenía miedo a esos callejones oscuros y les dije a los muchachos – Salgamos de aquí –
Caminamos con precaución hasta llegar a una tienda de ultramarinos, allí fue donde vimos luz, nos vieron entrar como fantasmas y le dije a una señorita que estaba atendiendo – Présteme por favor su teléfono – Y le conté lo que nos había pasado. Ella muy amable nos dejó llamar a mi casa y yo que pensaba que estaba tranquilo y que nada me había afectado me llevé una sorpresa; al momento de digitar los número los dedos se me doblaban y las manos me temblaban, no era capaz; Ileana me ayudó con la tarea y me puso el auricular en el oído que estaba sostenido por Gerardo.
Hice una llamada a casa, allí estaba mi tía, mis padres y los mismos vecinos y amigos que nos acompañarían a “El Rodeo”; yo les conté lo que nos había sucedido, pero no había manera de que nos pudieran ayudar, teníamos que enfrentar nuestros miedos de inmediato y tomar otro taxi, allí en esos oscuros callejones donde estábamos fuera de cualquier coordenada, pero vivos.
Agradecimos a la dependienta por el teléfono, la mano que temblaba le decía adiós, mientas las débiles piernas se ponían en marcha. Después de varios intentos fallidos encontramos una calle grande y con miedo le hicimos la parada a un taxi. Nos llevó a casa, y mostrándose curioso nos preguntó que nos había pasado; Ileana y Gerardo contaron los hechos y yo solo miraba por la ventana la noche, tomé la mano de Laura, cosa que nunca me había atrevido a hacer, no sabemos cuánto dura la vida y ese era el momento.
Al llegar a casa todos estaban afuera esperándonos – ¿Qué les pasó? – parecía una rueda de prensa llena de preguntas, y repitieron Ileana y Gerardo la historia. Lo mejor de todo fue que nos recibieron con un tequila, dicen que es bueno para el susto.
Mi tía dijo – Lo importante es que están bien, supongo que será mejor descansar para que se repongan del susto –
– Nooo – Le dije – Vamos a celebrar la vida, estamos vivos, vamos a “El Rodeo” a bailar –
Mi tía se quedó sorprendida al escucharme, tal vez los golpes habían movido algo dentro de mí, y sí, algo había cambiado, ya no tenía temor de tocar a Laura, tampoco despreciaba la banda ni las trompetas, menos aún una noche llena de promesas ante la fragilidad de la vida, y los convencí.

Parecía un loco eufórico sonriendo, pero contagie a Gerardo, a Ileana y a Laura. Fuimos todos a “El Rodeo”, allí los sombrerudos bailando, y el mundo seguía girando, pude volver a ver ese circo. Entre los vecinos, mi tía y nosotros éramos más de diez personas. Todos se fueron a bailar, Ileana bailaba muy bien, Gerardo con la cara hinchada estaba moviendo la cadera con una morena que encontró y yo me quedé en la mesa con Laura, tanto miedo que tenía de tocarla, pero si me hubieran matado jamás lo hubiera podido hacer, la vida me daba una segunda oportunidad y la besé, la besé sin miedo al rechazo; ella me correspondió y en esos besos me sentí vivo, sentía el gusto y el dolor de las heridas que me habían dejado aquellos ladrones y gracias a ellos aprendí a no temer.

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