Labios Secos

Me habían expulsado de mi segunda escuela, pero la verdad me era indiferente, por el contrario, después de mi segunda expulsión me sentí aliviado, y a la vez exhausto, como si hubiera recorrido mil kilómetros descalzo, con los pies descarnados y el corazón violento listo para morir.
Ante los ojos ajenos era yo un inadaptado, que jamás encajaría en ningún sitio, esos adultos que nos evalúan, nos corrigen con su doble moral, mentirosos, que aunque ustedes no lo crean yo me había esforzado, decían que no reaccionaba a las consecuencias, que mi mirada era vacía y que carecía de sentimientos. Yo les veía igual, como muñecos parcos, pero con el poder de destruir el destino de un niño.
Con 14 años estaba expuesto al criterio de esos jueces despiadados, miraba al cielo y quería regresar a mi lejano planeta, ese del que me hablaba tanto  mi padre, pero… ¿A caso habría alguien más que vendría del mismo lugar que yo? Mi mirada despavorida no era respondida por nadie, tal vez no encontraba aun el propósito de este largo y lejano viaje.
Caminaba fuera de la escuela, necesitaba recoger todos mis papeles y llevármelos, pues esos directores insensibles e hipócritas que marcaban las pautas del éxito y del fracaso, no me darían más cobijo.
A mi paso y por una estrecha calle se acercó una ex compañera, si no mal recuerdo de nombre Janeth; Janeth Paredes, ella no era buena, se rodeaba de todos esos maleantes y le hacía la vida de cuadros a los pobres perdedores, traté de evitarla, pero me fue imposible, se me acercó y me dijo – ¿Cómo estás guapo? –
– Muy feliz – respondí aliviado, pues por fortuna ya no tendré que volver al colegio. Ella se encogió de hombros esperando una respuesta diferente o tal vez esperaba que me pusiera nervioso como aquellos hombrecillos extraños de gafas a los que ella molestaba por ser estudiosos; yo me mantuve en una pieza y le dije – Me tengo que ir –
– Pero ¿A dónde vas con tanta prisa? –
– Ya te lo he dicho, a recoger mis papeles para no volver jamás a este lugar –
– ¡Espera! déjame hablar contigo –
Me pareció tan extraña su insistencia y me detuve a mirarla, y una vez que tuvo toda mi atención me dijo – Siempre me has gustado, por raro, por ser único y aunque ya no estás en la escuela todo mundo habla de ti, me encanta escuchar tus diabólicas hazañas, y mirarte así, pareces tan bueno, tan inocente, que no rompes ni un plato, pero a la vez raro como misterioso, un demonio perverso se esconde dentro de ti –
Lo que ella pensara de mi tenía poca importancia, no sé si era raro, o misterioso, simplemente era yo, con una sonrisa boba que esbozó mi boca le dije – No te molestes en molestarme, porque yo no siento nada, ni por ti ni por nadie, yo no hablo de ustedes ni los pienso, todos son invisibles –
Y era verdad, jamás le había puesto atención a nadie, y ella solo se dedicaba a molestar a otros compañeros, y eso no era bueno, yo nunca podría querer a alguien así.
Se quedó pensando y me dijo – Desde que te vi sentí una fuerte atracción, me encantas por raro aunque tal vez eso puede provocar que algún día te odie –
Me dejé llevar, no sabía si reírme, pero no lo hice, yo siempre me mantenía al margen, la miré y fue allí donde lo soltó – ¿Serías mi novio? –
– No lo sé, me es indiferente –
Se rascó la cabeza y al verme inmóvil me besó, fue extraño cuando metió su lengua en mi boca, me sentí extraño pero no dije nada.
 – Tienes los labios secos, pareciera que nunca has besado a nadie – me dijo, y yo respondí – Solo he besado a una persona en mi vida, era mi profesora, en la gran escuela –
– Pues yo te voy a enseñar a besar –
Janeth estaba loca, o era una broma del destino, un sinsentido y después del silencio largo lo soltó inesperadamente – ¿Te gusto? –
– Nunca lo he pensado, pero a decir verdad creo que no –
La mujer palideció, tanta sinceridad no era necesaria, pero así era yo, y no podía ser otro, ser sincero y decir lo que sentía me sacó del hipócrita sistema, ella me miraba con sus ojos pardos – Yo sé que algún día podrás llegar a quererme, me imaginaba la vida contigo, que nos vayamos lejos de esta escuela y de esta gente –
Yo me estaba yendo lejos, pero ella insistentemente me retenía – ¿Crees que algún día te podré gustar? ¿Te casarías con alguien como yo? –
A la primera pregunta no le di respuesta, pero a la segunda sí – Naturalmente, yo sí me casaría contigo –
– Pero ¿Por qué? Segura estoy que te casarías con cualquier mujer –
– Yo también lo creo, si fuera mi novia, pero no tienes de que preocuparte, tu eres mi primera y única novia –
– Pero la maestra, ¿Tu profesora? –
– Ella ya no está en mi vida y no fue mi novia nunca –
Janeth suspiró hondo y me volvió a besar, decidí que era momento de bajar la guardia y dejarme querer por esa jovencita gamberra, aunque algo en mi interior me decía que debía de cuidarme.
– Te voy a dar un consejo, si ya no quieres que te molesten finge tu acento, intenta hablar como mexicano, no pronuncies esa “C” tan notoria y podrás pasar más desapercibido –
– Lo tomaré en cuenta, pero pensé que te gustaba el original, el que no se escondía –
– A mí sí, pero a los demás no –
Me dejó pensando y tal vez tenía razón, un español no era amigable con el entorno, o al menos no siempre, todos me obligaban a fingir, a ser buen estudiante, cambiar mi acento, mi identidad, e incluso mi manera de sentir.
Llegue a la puerta de la escuela y pedí mis papeles sin mucho afán, llevaba casi medio año sin estudiar y la secretaria me preguntó – ¿A qué te dedicas ahora Gallego? –
A decir verdad no tenía muchas ganas de responder, pero le contesté con la verdad – Soy ayudante general de limpieza, trabajo para un empleado de mi padre –
Se me quedó mirando incrédula, mientras buscaba mis papeles en todas las gavetas, yo al mismo tiempo que le había hecho mi confesión recordaba al viejo Artemio, quien como jefe sacaba todas sus frustraciones conmigo, pero no tenía opción, yo era el último eslabón de la cadena y tenía que trabajar como tal, soportándolo todo.
Al fin encontró los papeles, benditos papeles que me daban por liberada la escuela secundaria y después Dios dirá. El mediocre certificado mostraba el camino en ruinas que había cruzado, era evidente que nadie apostaría un céntimo por mi futuro, ni la secretaria amargada a quien agradecí la entrega después de vacilar entre su funesta mirada.
Como era de esperarse La Secretaria abrió la boca ante los pocos presentes y mirando mi certificado con desprecio aparente dijo – ¡Qué promedio tan malo! A ver en qué bachillerato te admiten –
Yo solo quería mis papeles de vuelta, tenerlos en mis manos y salir corriendo de allí, no necesitaba más juicios despectivos, pero debía decirle que para estar detrás de un mostrador criticando a la gente no necesitaba estudiar; evidentemente no le dije nada, pues quería evitar toda conversación, no deseaba permanecer mucho tiempo allí y cuando soltó la hoja me giré, dando unos pasos revisé que mi documentación estuviera completa y desaparecí dándole las gracias entre dientes.
Salí cuanto antes del lugar, pues no quería yo encontrarme a algún viejo conocido que me causara un mal trago, apuré el paso y Janeth seguía afuera – Ehh guapo, por aquí –
La seguí y me llevó por unas calles extrañas, tomó mi mano y caminaba con prisa – ¿Qué haces? –
Se detuvo y ya habiendo estado lejos me orilló contra un muro y poniendo muy cerca su boca de la mía me dijo – En la calle de atrás están el hijo del director y sus amigos ¿Crees que si te ven perderán la oportunidad de darte una paliza? –
– Evidentemente no – respondí pensativo.
– Ahora estás a salvo, yo cuando los vi tenía miedo de que te rompieran tu certificado de la secundaria, han estado haciendo guardia afuera, y le han roto los papeles a más de uno y después si dicen algo los golpean –
– Pero, esto es absurdo ¿Por qué me ayudas? Si tu no eras buena –
– Admiración al principio, pero ahora que he estado sola contigo siento que debo protegerte, porque nunca nadie lo ha hecho –
Me reí nervioso y le dije – Gracias por salvarme, ahora estoy más seguro de que me casaría contigo –
La mujer me sonrió y sentenció – Me siento importante de que alguien como tú me diga eso, tu no lo sabes pero en ambas escuelas eres muy popular, tus hazañas están siendo contadas por todo mundo, tal vez también en este momento, mientras estoy aquí contigo –
– Tal vez, pero eso está muy lejos de mí, de nosotros, disfruto más de la soledad y procuro no darle importancia a esos energúmenos –
– Eres una leyenda entre los alumnos, aquí mucha gente habla de un tal Mancilla, pero tú lo superaste, llega un personaje como ustedes cada 10 años –
Me quedé pensando, pues el Camarón; mi antiguo coordinador me había hablado de él, ese tal Mancilla – ¿Es como mi gemelo malo? –
Janeth rió a carcajadas – No, el malo eres tú, por eso me gustas –
La mujer morena me contagió su risa, aunque para mi reírme se limitaba a sonreír. Diez años atrás había existido una calamidad como yo, quien sufrió el mismo destino, la expulsión, ahora recordaba las advertencias del Camarón por tratar de evitar lo inevitable.
Me dio curiosidad y le dije a Janeth – ¿Te imaginas que será de tu vida en diez años? –
Se quedó pensativa – Podremos tener hijos, muchos hijos –
– Tal vez, pero si se parecen a mi ¿Qué harás? –
– Seguro divertirme mucho con ellos, viendo la cara de los estúpidos profesores –
– ¿Y si encontramos a Mancilla? Sí está en la cárcel no me caso contigo –
Un escalofrío me recorrió el cuerpo, tal vez ver al futuro podía ser muy negro, estaba dando los mismos pasos, no me podía imaginar que habría sido de él, el chico más gamberro del que aún se tenía memoria y de sus andanzas.
– Podemos encontrarlo – dijo Janeth al tiempo que me llevaba lejos de la escuela para ponerme a salvo.
– No, mejor no, imagínate que mi futuro es trágico y voy a vivir preocupado todos estos años –
– ¿Pero si es lo contrario? ¿Qué tal si es un millonario con tres esposas? Tú no puedes tener tres ehh, solo a mi –
– ¿Y qué tal si está pidiendo dinero en la calle? –
Me quedé imaginando mil historias hasta que reparé, era imposible encontrar a un hombre en una ciudad tan grande como La Ciudad de México, no habría una sola posibilidad y se lo dije a Janeth, ella se tapó la boca y soltó una carcajada – El padre de Mancilla tiene ferreterías en esta zona, mi padre conoce a la familia, yo nunca conocí a Mancilla, pero seguro que su familia nos dice algo.
Janeth me llevó a su casa y se puso cómoda aun tratando de llamar mi atención. Buscó en la guía amarilla y encontró las ferreterías, mientras preparaba unos bocadillos para los dos.
– ¡Aquí están! – dijo emocionada
Con tantos negocios seguro son una familia muy rica y sin poder esperar empezó a digitar en el disco del teléfono para llamar – Me muero de la curiosidad –
Empezó a dar línea y Janeth me puso el auricular en el oído, yo sin poder reaccionar escuche una voz ronca que contestó – ¿Diga? –
– Hola, perdone, ¿se encuentra Mancilla? –
Miré a Janeth y tapando la bocina le pregunté – ¿Cuál es el nombre? –
– No lo sé, solo lo conocemos por Mancilla –
Vaya absurdo ¿Cómo no lo había pensado antes? Mi interlocutor fue amable y me dijo – Somos muchos Mancilla muchacho –
Era obvio que no era el único en encontrar el error y seguí dando tumbos – Perdone, la verdad es que lo siento mucho, y no sé con quién debo hablar –
Ya había dado por perdido mi viaje al futuro hasta que el señor después de una carcajada me dijo – Yo soy Juan Mancilla y tengo varios hijos, si me cuentas un poco yo te digo a quien estás buscando –
Que amabilidad, si mi padre hubiera sido el interlocutor sentiría el punzar de mi oído por el brusco colgar, pero este considerado señor me tenía toda la paciencia y le dije lo poco que sabía sobre su hijo – Busco a su hijo que estudió en una secundaria en… –
– Sí estudió no era él – y comenzó a reír, Janeth me miraba expectante, pero aún no tenía respuestas para ella. El señor continuó en tono de guasa y me dijo – Ahh mi muchacho solo pasó por la secundaria –
– ¿Es al que expulsaron? – Lo solté así, sin más, el señor sin abandonar esa chispa de buen humor me dijo – Ya sé con quién quieres hablar, todos mis hijos son impecables, pero Pepe es especial –
Se separó de la bocina y lo llamó – José, te llaman por teléfono –
Janeth escuchó, pues le acerqué el auricular, no pasó ni medio minuto cuando mi clon malvado estaba al teléfono – Dígame, ¿Quién habla? –
– ¿Mancilla? –
– José Mancilla, Pero mis amigos me llaman Pepe Mancilla ¿En qué puedo servirte? –
– Pues la verdad es que no sé por qué te estoy llamando, me hablaron mucho de ti en la secundaria que estudiaste, me decían que te había superado hasta antes de expulsarme, y como todo lo que te ha pasado me está pasando quería conocer mi destino –
Se reía a carcajadas – ¡Vaya! Aún no superan el trauma que les causé, me alegra saberlo; en cuanto a tu destino no te preocupes, serás exitoso, esos cerrados no pueden llegar más lejos de las cuatro paredes del colegio y allí morirán –
– Me alegra saber que no pinta mal el futuro –
– Pero… ¿Quién eres tú? Menudo bastardo debes de ser para haberme superado, me siento celoso –
– Solo soy un niño problema, bueno, ahora un joven problema, pero mi nombre es Óscar y me apodaban el Gallego –
– No tienes de que preocuparte amigo, es una pena que mi caso no les haya servido para nada, que sigan siendo los mismos obtusos e intolerantes dueños de la razón, el mundo es más grande que ese horrible edificio, yo perdí todo contacto con esa escuelucha, también me traumaron a mí, y decidí borrarlos de mi vida, pero veo que ellos a mi no –
– La verdad que me alegra que no estés en la cárcel –
Mancilla se rió de nuevo y dijo – En la cárcel están ellos, lo peor es que no lo saben –
Sonaba a revolucionario, a filósofo, era reconfortante escucharlo con esa seguridad y Janeth venía a pegar su oído también al auricular, parecía contenta y lo hacía poniendo su pulgar hacia arriba.
– Tengo tantas preguntas –
– Soy abogado, lucho por los derechos humanos, mi profesión se presta para abusar de la gente, pero odio el maldito sistema, no tomo lo que tanto daño me hizo –
Sus palabras eran como música suave para mis oídos, parecía que me leía en cada frase y sentí que no todo estaba perdido, que siempre había una manera para resurgir como el Ave Fénix; las cenizas solo quedarían atrás, Mancilla me contó su historia de éxito y me dijo – No es una casualidad que me llames, te doy la dirección de mi oficina y visítame, seguro que tenemos mucho de qué hablar, pero antes de venir piensa que todo eso que sembraron en ti no es tuyo, eso es lo que son ellos, la realidad es otra, no lo olvides amigo, te espero pronto –
Nos despedimos y pensé – Es momento de empezar –
Le di la buena noticia a Janeth y ella parecía estar alegre, salimos de su casa y me llevé una terrible sorpresa, afuera estaba el hijo del director con su pandilla, Janeth me soltó la mano, se veía nerviosa; el hijo del director  se reía y le dijo a ella – Muy bien muñeca, lo hiciste perfecto, no sé cómo pudiste distraer al idiota del Gallego tanto tiempo, te subestimé –
Miré a Janeth y ella me devolvió una mirada triste, agachó la cabeza y yo le sonreí, había sido guiado por la víbora a mi propia muerte. Nada le tenía que reprochar, simplemente era mi culpa yo sabía quién era ella y las consecuencias iban a ser devastadoras, mis papeles terminarían en el suelo hechos pedazos y eso retrasaría cualquier trámite.
– Ahh mi querido Galleguito, pensaste que te salvarías de nosotros, que idiota eres, tenemos todo vigilado y tu novia es de las nuestras –
Llevaba solo una hora con mi novia y ya me había traicionado, no sabía qué hacer para distraer la atención de esos maleantes que me iban a partir la cara, entonces dije intentando actuar – Janeth, ¿Por qué me rompiste el corazón? Ahora mis labios se van a quedar más secos –
– Te los voy a secar a chingadazos – dijo el Droopy, quien ya me traía ganas por una vieja rencilla.
El hijo del director pidió silencio y dijo – Esto lo voy a disfrutar mucho haciéndolo yo mismo, el Gallego es para mi, le voy a poner una paliza que ni su propia madre lo va a reconocer –
– ¿Oye y no te basta con la rotura de corazón? – dije intentado salir del atolladero
– De eso ni te vas a acordar cuando termine contigo – dijo el jefe de la banda
Janeth me miraba y le pedí – Haz algo, sino no vamos a tener hijos –
– No seas idiota Gallego – respondió Janeth avergonzada
Todos empezaron a reír, pero el hijo del director con desdén le dijo – Tu eres la putita de la banda, no le puedes prometer hijos a este idiota –
– Cállate infeliz – le gritó Janeth al hijo del director con rabia, aproveché los segundos y levante un dura piedra del suelo, en ese momento iba pasando un taxista y le arrojé la piedra al parabrisas con todas mis fuerzas, se frenó como un loco, casi se estrella y se bajó gritando – Los voy a matar, les voy a romper la madre, ¿Quién fue? ¿Quién me va a pagar mi parabrisas? –
Señalando al hijo del director le dije al taxista – Fue él, usted lo vio, nos apostó que le iba a romper el parabrisas al primer idiota que pasara –
El hijo del director se enfureció y con la boca blanca y los labios secos me dijo – No mames Gallego, dile la verdad –
– No puedes ser tan cobarde, después de habernos ganado la apuesta –
– Te voy a romper la madre Gallego –
– Pero antes te la voy a romper yo a ti – dijo el taxista con los ojos fuera de órbita.
El taxista enfurecido bajó de su coche una cadena de hierro gruesa, y empezó a golpear el suelo como loco – O me pagas o te desmadro – le decía al hijo del director, la pandilla se escabulló y el muchacho en la mira no pudo hacer nada más que quedarse allí, paralizado, el taxista se había creído la historia y el cobarde del hijo del director me miraba – Esto no se va a quedar así Gallego –
– Págale, el señor no tiene la culpa –
El taxista era un horrible hombre de pelo largo y bigote, moreno, y enfurecido le repitió la pregunta al hijo del director, el pobre muchacho pasó del valor a la cobardía extrema y dijo casi llorando – No se preocupe señor, por aquí está la escuela de mi papá, ahora le vamos a pagar –
Janeth me sonrió, pero yo permanecí inmóvil, el hijo del director y el taxista caminaron hacia la escuela del padre para pagar su deuda y Janeth admirada me dijo – Eres una leyenda, te admiro, que lastima que la vida nos puso como enemigos –
Besó mis labios secos y se fue, nada pude decirle, a decir verdad nada tenía qué decirle ¿para que? si era como todos los demás.



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